Noticias

Tania Moreno, experta en seguridad aérea y referente en garantía de aeronavegabilidad

Tania Moreno, especialista en Airworthiness Assurance en Airbus Defence and Space, aporta su experiencia y compromiso con la seguridad y la excelencia técnica al sector aeroespacial.

 

Tania. Has tenido varios puestos en varias empresas, incluyendo líneas aéreas. ¿Nos podrías contar cómo fue tu etapa en Iberia y en Wamos?

 

Mi etapa en Wamos marcó un punto de inflexión en mi carrera, porque fue la primera vez que trabajé en el ámbito CAMO —la gestión de la aeronavegabilidad continuada—, descubriendo la esencia de lo que significa preservar la seguridad y la fiabilidad de un avión en servicio. Comenzar en una compañía más pequeña fue, sin duda, una oportunidad muy valiosa: al ser una organización más reducida, todos asumíamos distintos roles según la carga de trabajo, lo que me permitió tener una visión muy amplia del funcionamiento completo de una organización CAMO.

 

En Wamos pude participar en proyectos muy diversos que me hicieron crecer enormemente, tanto profesional como personalmente. Por ejemplo, tuve la oportunidad de gestionar un Shop Visit de un motor en Mitsubishi, en Japón —un viaje de gran envergadura que realicé en solitario, en representación de la compañía, para tras presenciar los ensayos en banco del motor y por supuesto, superarlos, aceptarlo y traernos aquel motor recién salido del taller —. Fue una experiencia que me enseñó la importancia de la confianza, la responsabilidad y la preparación, valores que considero esenciales para enfrentarse con serenidad a los grandes retos.

 

Posteriormente, en Iberia, di el salto a una estructura mucho más grande y especializada, incorporándome al área de Ingeniería de Sistemas —responsable de los sistemas del avión, salvo motor e interiores para los que había equipos especializados—. Allí profundicé a nivel técnico, pero también viví momentos realmente especiales, como formar parte del equipo de delivery de un avión nuevo, un A350, y estar presente en el vuelo de prueba previo a su entrega. Pocas cosas hay tan emocionantes como ver despegar un avión completamente nuevo, sabiendo que detrás de ese momento hay años de trabajo, precisión y pasión.

 

También tuve la oportunidad de participar en la definición y customización del A321XLR, uno de los primeros de este modelo que Airbus entregó a Iberia. Durante años, desde el área de ingeniería, se trabajó en adaptar su configuración para responder a las necesidades operativas de la compañía, y formar parte de ese proceso fue un proyecto apasionante, de esos que te recuerdan por qué elegiste dedicarte a la aviación.

 

Además, pude ampliar mis conocimientos con formaciones más técnicas, por ejemploo como el curso de Landing Gear con Safran o todos cursos de familiarización de A32X, A330 y A350, que me permitió especializarme aún más y reforzar ese compromiso con la mejora continua y la excelencia técnica.

 

Ambas etapas, tanto en Wamos como en Iberia, me enseñaron a mirar más allá de la ingeniería pura, a entender que cada decisión técnica tiene un propósito: garantizar la seguridad, la eficiencia y, sobre todo, conectar personas. Porque la aviación civil tiene algo profundamente humano: nos permite acercar familias, conectar, hacer posible que profesionales desarrollen su vida en distintos lugares del mundo, conocer culturas, asistir a eventos internacionales e incluso, en ocasiones, salvar vidas transportando órganos para un trasplante o repatriando a personas como en la pandemia.

 

Esa conexión con un propósito mayor me recuerda constantemente tres valores fundamentales: la pasión por lo que hacemos, el compromiso con cada tarea y la responsabilidad que conlleva saber que detrás de cada avión hay historias reales que dependen de nuestro trabajo.

 

 

¿En qué consiste tu puesto actual en Airbus?

 

Mi salto del mundo civil al militar fue un paso natural, pero también profundamente desafiante. Y, curiosamente, fue gracias a mi experiencia en el ámbito CAMO que pude darlo. Hace dos años comencé en Airbus Defence and Space como responsable de aeronavegabilidad del proyecto C-295 en Arabia Saudí, un programa apasionante en el que pude aplicar todo lo aprendido sobre la gestión de la aeronavegabilidad continuada —la que se centra en mantener un producto en servicio en condiciones seguras y operativas—, pero en un entorno completamente distinto: el de la aviación militar, con sus propias exigencias, ritmos y objetivos.

 

Esa etapa internacional fue un punto de inflexión personal y profesional. Trabajar en Arabia Saudí me permitió ver de primera mano cómo la aeronavegabilidad se vive desde la operativa diaria, en un contexto donde el objetivo ya no es que el avión vuele el máximo tiempo posible —como en una aerolínea—, sino que esté disponible y preparado para cumplir misiones críticas. Fue un aprendizaje enorme sobre resiliencia, disciplina, compromiso, integridad y responsabilidad.

 

Tras esa experiencia, y en mi regreso a España, sentí la necesidad de seguir creciendo y de ampliar mi visión del ciclo de vida completo de una aeronave. Así que decidí dar un paso más y pasar de la aeronavegabilidad en servicio (Part M/CAMO) a la aeronavegabilidad desde el diseño (Part 21/DOA), integrándome en el equipo de Airworthiness Assurance de Airbus.

 

En esta nueva etapa, mi función consiste en velar por el cumplimiento de los requisitos de aeronavegabilidad frente a la PARTE 21, es decir desde la raíz del producto: el diseño. Nuestro trabajo es transversal a toda la organización y abarca todos los programas de Airbus Military. Desde la DOA —Design Organisation Approval— nos aseguramos de que cada desarrollo, modificación o integración de equipos externos cumpla con las normativas aplicables y mantenga intacto el nivel de seguridad del avión.

 

Pero no solo velamos por ese cumplimiento: también defendemos y representamos esas posiciones ante las autoridades aeronáuticas, siendo la cara visible de Airbus en todo lo relativo a la aeronavegabilidad. En el ámbito civil, esa interlocución suele centralizarse principalmente con EASA; sin embargo, en el mundo militar la realidad es muy distinta. Cada país tiene su propia autoridad militar con sus particularidades normativas, lo que añade un nivel extra de complejidad técnica y regulatoria. Esa diversidad exige flexibilidad, conocimiento y una enorme capacidad de adaptación, pero también hace el trabajo más atractivo: nunca hay dos proyectos iguales, y cada programa plantea nuevos retos que te mantienen en constante aprendizaje.

 

Además, uno de los aspectos que más valoro de esta posición es su carácter transversal. Desde Airworthiness Assurance tenemos una visión global de todas las flotas y también de los nuevos programas que se están desarrollando, incluso antes de que el primer avión esté en servicio. Eso permite estar en contacto directo con las tecnologías más innovadoras y con la evolución del negocio, anticipando hacia dónde se dirige el futuro de la aviación militar.

 

Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que este recorrido —desde CAMO hasta DOA, desde el mundo civil al militar— ha sido un viaje de crecimiento continuo. Cada paso ha requerido esfuerzo, humildad , capacidad de escucha constante , “open mind” y compromiso. Porque, al final, se trata de eso: de dar lo mejor de ti en cada etapa, de aprender a adaptarte a nuevos entornos y de seguir defendiendo, con pasión y rigor, la seguridad y la excelencia en todo lo que hacemos.

 

 

¿Qué te llevó a ser ingeniera aeronáutica, tenías algún referente?

 

Sinceramente, no tuve un referente directo que me guiara hacia la ingeniería aeronáutica, pero sí crecí rodeada de ese espíritu. Soy de Getafe, y Getafe es cuna de la aviación española. Desde pequeña conviví con ese ambiente: algunas compañeras tenían familiares que trabajaban en, por aquel entonces, CASA —Construcciones Aeronáuticas—, y recuerdo escuchar conversaciones, conceptos y anécdotas que, sin saberlo entonces, despertaron en mí una curiosidad enorme por el mundo de la aviación.

 

Durante el bachillerato tenía claro que quería dedicarme a algo técnico, pero dudaba entre ingeniería y arquitectura. También me atraía mucho de la parte de medicina, la neurología, porque siempre he sido una apasionada de la neurociencia y del funcionamiento del cerebro humano. De hecho, todavía hoy dedico parte de mi tiempo libre a leer, aprender y explorar esa faceta del conocimiento. Esa curiosidad por entender cómo funcionamos los seres humanos, cómo pensamos, cómo tomamos decisiones… creo que está muy conectada con la forma en que me acerco a la ingeniería: con una mirada analítica, pero también profundamente humana.

 

Al final, decidí seguir esa corazonada que me decía que mi camino estaba en la ingeniería, y mirando atrás, no puedo estar más orgullosa de haber tomado esa decisión. Entré en la universidad en plena crisis de la construcción, así que el haber escogido la ingeniería frente a la arquitectura también tuvo su sentido práctico, pero más allá de eso, fue una elección de vocación.

 

Es cierto que en aquel momento no tenía referentes femeninos cercanos. No éramos muchas mujeres en la carrera, y quizá esa falta de modelos visibles hacía que resultara más difícil imaginarse en ciertos puestos. Por eso valoro tanto el trabajo que hoy se hace desde asociaciones como Ellas Vuelan Alto, que dan visibilidad, crean comunidad y sirven de inspiración para las nuevas generaciones. Ahora, afortunadamente, las niñas y jóvenes que sueñan con dedicarse a la ingeniería tienen más ejemplos a los que mirar y más puertas abiertas que nosotras en aquel entonces.

 

Mirando atrás, creo que mi decisión nació de una mezcla entre curiosidad, intuición y pasión. Tres valores que resumen una misma idea: escuchar lo que te mueve, creer en ello y atreverse a dar el paso, incluso cuando no hay un camino claro trazado.

 

 

¿De qué te sientes particularmente orgullosa en tu carrera profesional?

 

Sin duda mi etapa como responsable de la aeronavegabilidad del proyecto C-295 en Arabia Saudí. Fue un proyecto ambicioso y, sobre todo, una experiencia vital y apasionante, porque implicó múltiples retos simultáneos: un cambio del mundo civil al militar, la entrada en Airbus en un entorno completamente distinto al que yo conocía como cliente en Iberia, y un desafío operativo muy concreto: el recovery de una flota de cuatro aviones que llevaban más de cuatro años parados en medio del desierto.

 

El objetivo era volver a poner en servicio los cuatro aviones en un año, realizándoles hasta revisiones 8Y ( revisiones de mantenimiento mayor complejas): los dos primeros en seis meses, y los dos siguientes en los seis meses posteriores mientras gestionábamos simultáneamente la operativa, el training y las misiones de los dos primeros aviones ya recuperados; todo ello con un equipo reducido y recursos muy limitados, trabajando en condiciones extremas y en una base militar en medio del desierto que se encontraba a 150km de donde vivíamos, lo que implicaba conducir una media de unas 4 horas al día para ir y venir a trabajar. Además, fui la primera mujer de Airbus en trabajar día a día en esa base, lo que supuso un desafío adicional de adaptación cultural y profesional, respetando las normas locales y demostrando que la capacidad y la profesionalidad no dependen del género, sino de la disciplina, el respecto, el compromiso y la preparación de cada persona, incluso en circunstancias complejas y exigentes.

 

Sin embargo, el verdadero orgullo recae en todo el equipo que hizo posible lograr ese hito. Técnicos que trabajaban noche y día bajo temperaturas extremas, con un esfuerzo constante; directores de departamento, compañeros ingenieros, de programas, la parte homóloga del equipo soportando desde España, el personal de operaciones, mantenimiento, hasta todo el personal que hacía que la logística en aquel entorno fuese posible… que demostraron coraje, serenidad y capacidad de superación en cada momento crítico, combinados con un alto nivel de conocimiento técnico. La pasión, el compromiso, la integridad y el liderazgo de cada uno, junto con el espíritu de trabajo en equipo, hicieron posible superar todas las dificultades y sacar adelante un proyecto tan complejo. La comunidad que se creó y la manera en que cada persona asumió su responsabilidad reflejan cómo la disciplina, la valentía y la resiliencia pueden transformar un desafío en un logro extraordinario.

 

Para mí, esa experiencia de casi dos años fue un verdadero acelerador de crecimiento personal y profesional: me enseñó a adaptarme, a liderar con respeto y serenidad, a valorar la importancia del propósito compartido y a entender hasta qué punto un equipo comprometido puede lograr lo que parecía imposible.

 

Cuando un equipo se une con propósito, determinación y resiliencia, y aporta su máximo compromiso y valentía, ningún desafío es demasiado grande.

 

 

Eres socia individual de EVA desde hace un año. ¿Qué te llevó a hacerte socia de la asociación? ¿Qué proyectos de EVA destacarías?

 

Principalmente por el sentimiento de comunidad, me sentí identificada con muchos de los proyectos que desarrolla la Asociación y con los testimonios de tantas mujeres que comparten su experiencia. No solo me identifico con ellas, mayoritariamente me inspiran, me motivan, me aportan referencias valiosas y me ayudan a gestionar situaciones por las que he pasado, por las que estoy pasando y por las que seguramente pasaré.

 

Uno de los proyectos que más destaco son las charlas inspiracionales y motivadoras, que ofrecen un espacio para escuchar y aprender de experiencias diversas y enriquecedoras. También valoro mucho los proyectos de mentoring, que permiten profundizar en conversaciones más personales, de tú a tú, con mujeres que te aportan orientación y apoyo en tu desarrollo profesional y personal. Y, por supuesto, los eventos de networking, donde puedes conocer perfiles diversos de primera mano, retomar contacto con personas con las que has coincidido en otros ámbitos y forjar amistades sólidas.

 

En todos estos proyectos, lo que más me impacta es la inspiración y la motivación que surge del contacto con otras mujeres, sentir que no estás sola, compartir experiencias y apoyarnos mutuamente para seguir avanzando en ámbitos donde todavía queda trabajo por hacer y reivindicar. Para mí, ser socia de Eva significa precisamente eso: formar parte de una comunidad que impulsa, acompaña y potencia a las mujeres, y donde cada interacción aporta aprendizaje, confianza y motivación.

 

Y para finalizar me gustaría agradecer profundamente a Ellas Vuelan Alto por toda la labor que realizan, por cada proyecto que impulsa, conecta e inspira, y sobre todo por todas las personas que trabajan con pasión y compromiso para hacer posible esta comunidad. Y, de manera muy especial, gracias por darme la oportunidad de participar en esta entrevista y poder aportar, aunque sea con un pequeño granito, mi experiencia y mi entusiasmo a esta causa.

¿Hablamos?

únete a EVA.

¿Quieres ayudarnos en nuestra misión de visibilizar el talento femenino en el sector aeroespacial?


¡Síguenos en nuestras redes sociales!